miércoles, 30 de noviembre de 2016

¿Y si volvemos a contar a nuestros niños el cuento de Caperucita Roja?




El psicoanalista Bruno Bettelheim, en su libro, El significado de los cuento de hadas, plantea que los cuentos infantiles son claves para cubrir determinados intereses y necesidades surgidos en el desarrollo y crecimiento del niño. Los diferentes significados que acompañan a su lectura pueden ser recogidos y aplicados por los infantes, además de ofrecer a su imaginación nuevas dimensiones a la que le sería imposible llegar por sí mismo. Del mismo modo, la temática de los cuentos suele sustentarse en problemas universales que preocupan al niño, ofreciendo una educación moral mediante algo tangiblemente concreto y lleno de contenido.

Llevamos muchos años asistiendo a un acoso y derribo de la literatura infantil clásica —los llamados cuentos de hadas—, tachados de sexistas, clasistas, inadecuados, alarmistas…etc. Sin embargo, a veces es bueno echar la vista atrás, hacia aquello que por clásico no deja de tener vigor, porque ahí puede que esté la enseñanza que queremos transmitir. 
En 1697, Charles Perrault, recogió en un volumen de cuentos, una leyenda de tradición oral surgida en Centroeuropa, con la intención de prevenir a las niñas de encuentros con desconocidos. Se trata de el cuento de Caperucita Roja que pretendía remarcar los peligros de las niñas cuando abandonaban el poblado seguro y se adentraban en el bosque. Simbólicamente es muy rico: 
Caperucita Roja representa la ingenuidad pero también el atrevimiento, la transgresión de la norma. De hecho, la capa roja indica al mismo tiempo inocencia y pasión. 
El camino a casa de la abuela simboliza los peligros de conlleva transitar por parajes desconocidos.
El lobo representa la maldad, las malas intenciones de los sujetos que pueblan ese camino. La abuela es un claro ejemplo de lo fácil que es hacerse pasar por otro, esconder la identidad propia y  la feliz mamá, crédula, confiada de su hija, que no solo no toma precauciones sino que la expone aunque sea de manera inconsciente al peligro.

En la actualidad no sé que uso se hace de este cuento —yo sí recuerdo habérselo contado a mi hija—, pero tengo claro que es de plena vigencia. Basta con que lo adecuamos a la realidad diaria y su moraleja, «no fiarse de las personas en general pues no sabemos sus intenciones», seguirá siendo válida. 
Son muchos niños los que se se adentran en el mundo virtual (el bosque), ingenuos, inocentes y, al mismo tiempo, atrevidos, con ansia de conocer qué hay más allá de la pantalla sin que sus padres adviertan el peligro que conlleva. Los acosadores en general, depredadores psicológicos, sexuales (los lobos), acechan por los rincones de las redes sociales a la espera de saltar sobre sus víctimas. Pero no lo harán directamente sino con engaños, con juegos, con golosinas irresistibles para ellos que nunca rechazarían.  Más adelante, se disfrazarán de personas cercanas (la abuela), y aunque  intenten cerciorarse de que realmente están tratando con alguien de confianza, su inmadurez les impedirá advertir el peligro y caerán de pleno en las garras del lobo, del depredador. ¿Y dónde estaba el cazador que salva a la niña y mata al lobo? Por desgracia para muchas de estas niños, en la actualidad, el cazador no apareció y sucumbieron. No hubo un final feliz.
Y por eso me reitero en que siguiendo la tradición oral debemos levantar la voz, pregonar los peligros que se derivan de una mal uso de Internet; crear estrategias, dotar de armas suficientes (cazadores) que ayuden a nuestras/os Caperucitas/os a comprender lo arriesgado de caminar por ese frondoso bosque virtual, a fin de que lo hagan con seguridad y sin «entablar conversaciones con extraños».


 
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sábado, 12 de noviembre de 2016

Cerrando la convocatoria del jueves.




No hemos sido muchos los participantes pero los relatos han sido de una gran calidad y calidez humana. La mayoría de ellos han dado cuenta de anécdotas, recuerdos, sabores y sinsabores de una etapa crucial para nuestro desarrollo, por la que todos atravesamos. Los relatos han dejado muy claras las diferencias entre nuestra niñez y la de los niños de ahora, la importancia de nuestros abuelos y de jugar en la calle... 
Pero también hemos tenido relatos que nos han hecho tocar tierra, me refiero al de Tracy y al de Noa. Ni se puede generalizar ni en la niñez todo es bonito, si no más lo hemos de considerar de sabor agridulce.
A todos los que os habéis adherido a esta convocatoria os lo agradezco, de verdad. Hacía tiempo que no participaba y de nuevo se me ha movilizado el gusanillo juevero ;-)
El próximo jueves la convocatoria es en el blog de Nieves Fernandez-Valderrama
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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Mi niñez






Mis abuelos maternos vivían en una de esas casas de vecinos cuyas puertas de entrada  daban a una zona común, el patio, adornado con árboles de parra, con arriates donde crecían arbustos de flores (mis preferidas eran las celindas) y muchas, muchas macetas. MIs preferidas eran las hortensias, los lirios que ahora se les llaman calas y, por supuesto, el jazmín.  
Cuando mi madre me llevaba a verlos en los días de verano, mi abuela, o debería decir mi abuelastra si quiero ser fiel a la verdad, me daba un cestito de mimbre, que guardaba en la alacena y salíamos al patio a recoger los jazmines. Luego, los repartiríamos por los dormitorios para que nos libraran de las molestas picaduras de los mosquitos (y eso que entonces ni existían los mosquitos tigre ¡jajaja!). 
Ella me enseñó, precisamente, a cogerlos con suavidad. «Hazlo así para que la mata no sufra», decía mientras tiraba despacio del rabito. A mí eso me tenía en vilo todo el tiempo. Por nada del mundo deseaba infringir ningún mal, cuyo resultado fuera que aquella preciosa planta que llegaba hasta la altura de la casa sufriera por mi inexperiencia. 
A esa misma hora, las vecinas también salían a recoger su ramillete. Me quedaba extasiada mientras veía como los introducían por el rabito en una horquillas para hacer una moña de jazmines (en Málaga a las moñas les llaman biznaga eso lo aprendí cuando ya era adulta) con las que luego adornaban su pelo. 
Mi abuela tenía el pelo blanco, parecía algodón de azúcar, y siempre lo peinaba cardado por delante y recogido en un moño tipo italiano; aunque ahora que lo pienso, en el tiempo de este recuerdo no era tan mayor, así que quizá no lo tuviera todavía blanco. Intento visualizar algunas imágenes fotográficas que se me vienen a la mente y como es lógico no lo tenía blanco sino más bien tirando a sepia. Bueno, lo mismo da, el caso es que se ponía la moña y entonces toda ella olía a jazmín cuando me besaba.
En esa casa de vecinos vivían niños como yo. No consigo recordar sus nombres, pero sí me acuerdo que los envidiaba por vivir en un lugar tan bonito y sobre todo porque ellos se juntaban, cuando la luna asomaba, y salían con una bandeja llena de las moñas que habían fabricado para venderlas; unas eran de flores abiertas y, otras, de flores cerradas que eran las más preciadas porque abrían por la noche y duraban más. Yo me marchaba con mi madre, con los jazmines metidos en una bolsita de papel para que no se estropearan, a una casa que tenía un patio con aspidistras y helechos pero sin jazmín (los recuerdos de ese patio para otro día).
Hoy, cuando recogía los jazmines de la planta que tengo en el solarium de casa,  recordé cuando enseñaba a mi hija a cogerlos con cuidado y veía su sonrisa. No hay nada más bello que la risa de un niño cuando disfruta con lo que hace. 
A continuación, la que sonreí fui yo al pensar que muy pronto tendría a mi lado a Alberto, mi nieto, y le enseñaría, tal como aprendí de mi abuela, la manera delicada de tratar a esa preciosa flor, pequeña pero de gran belleza y fragancia.
La vida me ha ofrecido momentos inolvidables y los sentidos me los devuelven para seguir disfrutando de ellos. Además, me siento muy afortunada de poder contarlos.
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Nuestros jueveros relatan sobre la niñez







Comienzan a llegarnos los relatos de este jueves. Desando conocer anécdotas de la niñez de nuestros jueveros.

Carmen Andújar
Yessy Kan
Molí del Canyer
María José Moreno 
Juan Carlos
Leonor
Pablo Paf
María Perlada
Campirela
Diva de noche
Tracy
Noa
JLO 
Maribel Lirio

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domingo, 6 de noviembre de 2016

Este jueves un relato: La niñez









LA NIÑEZ

Mis queridos jueveros, una vez más os convoco un jueves  en mi casa para que relatemos sobre un tema concreto. 
Esta vez y motivado por algunas reflexiones que he hecho en mi blog sobre la niñez, he pensado que podríamos escribir anécdotas de esa época tan crucial de nuestra vida. 
Regresemos hacia atrás en el tiempo, volvamos a ser niños y escribamos sobre aquello que recordamos. 
Os espero, seguro que lo pasaremos muy bien. 

Publicar vuestro relato a partir del miércoles noche con una extensión de unas 300 palabras. Dejar un comentario en esta entrada enlazando vuestro blog. No olvidéis que el plazo finaliza el viernes noche.
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sábado, 5 de noviembre de 2016

¿Dónde se ha ido la niñez?





Recibo con estremecimiento la noticia del fallecimiento de una niña de 12 años de un coma etílico. La pequeña hacía botellón. Entre unos pocos se bebieron una botella de ron y otra de vodka. La niña cayó redonda al suelo tras perder el conocimiento y los amigos asustados, en lugar de llamar al Summa, la llevaron en un carrito de supermercado hasta el Centro de Salud. Media hora tardaron en recorrer la distancia desde el descampado en el que estaban hasta el centro médico. Media hora vital para la niña...
Ahora, pasados unos días, las voces claman, como siempre, por un culpable o culpables. Lo más fácil es decantarse por los padres. De hecho, en los periódicos ya se anuncia a bombo y platillo que la niña ya había sido llevada en dos ocasiones a su casa por la policía, en franca intoxicación etílica. Pero, ¿en realidad son ellos los culpables o son los chivos expiatorios que siempre tenemos que buscar para acallar nuestras conciencias ante este tipo de noticias? 
En mi novela, La fuerza de Eros, Raquel López, una niña de 12 años, por un mal uso de las redes sociales entra en contacto con alguien que dice ser una persona que puede ayudarle a resolver sus problemas, cuando en realidad es un depredador, un pedófilo, que quiere aprovecharse de la vulnerabilidad de la niña. Esto, que retrato a modo de ficción, está basado en hechos reales. Pasa más a menudo de lo que imaginamos. Y los padres no sospechan nada. Los padres creen que sus hijos nunca harían esas cosas y menos siendo unos niños. Sí, niños. A los doce años aún se es un niño, en concreto, estaría en lo que venimos en llamar: segunda niñez.

¿Y qué hace un niño o una niña bebiendo hasta caer inconsciente? ¿O chateando con gente desconocida? ¿O manteniendo relaciones sexuales "consentidas"? 
¿Qué está pasando? ¿Por qué adquieren tan pronto un rol de adulto? ¿Dónde se ha ido la niñez? 

Desde el punto de vista psicológico, la segunda niñez, que va desde los 7 a los 12 años es una etapa de afirmación de la identidad, en la que se tiene que formar un Yo maduro y responsable y donde se da paso de la moral heterónoma (la que se da en los individuos que no cuestionan las normas que provienen de una determinada autoridad) a la moral autónoma, en la que ya se es capaz de juzgar la norma, independientemente de quien la dicte, según su bondad o maldad, y se basa en el respeto mutuo y la reciprocidad. Este cambio de concepción de la moral es un paso importantísimo para el desarrollo psicológico del futuro adulto. El niño tiene que pasar a tomar sus propias decisiones sobre la base de haber acatado antes las que los adultos le han mostrado como más adecuadas. Y aquí creo que es donde reside el problema. Un problema que no es solo de los padres, sino de la sociedad en general.
¿Qué estamos enseñando a nuestros niños? ¿Qué valores le está inculcando esta sociedad de dos caras en la que nos ha tocado vivir? Responder estas cuestiones es introducirnos en un terreno pantanoso con arenas movedizas que  amenazan con tragarnos. 
La clase política roba y no se castiga, en el colegio acosan y maltratan a niños y al final quien tiene la culpa es la víctima, se cacarea en todos los ámbitos que el niño no debe tener móvil, pero se lo damos para acallar nuestras conciencias y así poder vigilarlo mejor, saber con quien se wassapea, dejamos que nos mientan porque así vivimos más felices —ojos que no ven corazón que no siente—... Todo mejor que encarar los problemas de frente, utilizando una buena comunicación, afrontando de manera eficaz las diferentes situaciones, hablando, abrazando, besando, aguantando... a nuestros niños.
Los padres de la niña fallecida sabían que su hija bebía y no lo impidieron. Los amigos de la niña fallecida sabían que estaban haciendo algo mal y por eso no acudieron a la ayuda que hubiera sido más eficaz, por temor al castigo, que sin duda ahora pesará sobre sus conciencias para siempre (ojalá). ¿Y el adulto que les compró las bebidas? Según la ley los niños no pueden hacerse con el ron y el vodka. Se piensa que un adulto se los compró. ¿Ese adulto no sabía que estaba haciendo mal o le daba igual que unos niños consumieran alcohol? Y si no fue un adulto, sino que fue en un establecimiento que pasan la vista gorda y sirven alcohol a menores? ¿Cómo ese sujeto o sujetos no está entre rejas? 
¿Quién o quienes son los culpables?
Ahora llega el momento de la verdad. El momento de que con la mano en el corazón reconozcamos que todos somos culpables. Por acción o por omisión, TODOS somos responsables de lo que le estamos haciendo a nuestros niños. Y si no le ponemos remedio, hechos como este u otros similares, se repetirán más veces. 
Les hemos robado la niñez y tenemos que devolvérsela. Ellos son el futuro de nuestra humanidad. 

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El círculo del Alba de Luisa Ferro

El círculo del albaEl círculo del alba by Luisa Ferro
My rating: 5 of 5 stars

Una novela de ficción histórica, pero fundamentalmente un thriller muy entretenido, con un lenguaje sencillo en el que destaca su adecuación terminológica a la época que retrata, principio de siglo XX. Toda la novela transcurre en Madrid, al que llegamos a conocer perfectamente por la capacidad descriptiva visual que tiene el texto. La autora nos narra la investigación llevada a cabo por Bruno Morete, Hugo Bonaventura y del Romo de las extrañas muertes de una niñas que se remontan a veinticinco años atrás. Estructurada en capítulos cortos, llegamos a conocer a un variopintos personajes muchos de ellos enlazados con hechos reales de la época que la autora sabe introducir en su justa medida y que nos recrean el interesante panorama político, social y cultural de la época, reflejo de la excelente documentación que ha llevado a cabo la escritora. Me lo he pasado muy bien con su lectura por lo que la recomiendo.

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domingo, 16 de octubre de 2016

No todos los finales son tristes






Han pasado ocho años desde que concebí la Trilogía del Mal (La caricia de Tánatos, El poder de la Sombra y La fuerza de Eros). Lo que se inició como el deseo de plasmar en palabras algunos aspectos preocupantes que mi labor profesional me había llevado a conocer, se ha convertido en una realidad. 

El viernes pasado, Victor del Árbol, mi presentador en Barcelona, me preguntaba en privado si la trilogía la había concebido así desde primera hora. Le respondía que sí; es más, desde un primer momento los temas truculentos de las tramas estaban cerrados, incluso los títulos que luego fueron cambiados en aras de la comercialización de la trilogía. Sin duda, el paso de los años me ha ido enriqueciendo como escritora y, también, me ha proporcionado material con el que enriquecer mis novelas, como es el todo lo relacionado con Interner negro, del que no se sabía nada cuando pensé en el cyberacoso a niños y del que ahora me he aprovechado para situar mi red de pedófilos. 

La trilogía está terminada y a mí me cuesta separarme de sus protagonistas. Han sido muchos años conviviendo con ellos, dotándolos de una biografía coherente con sus actuaciones, dándoles una vida que vivir y sometiéndolos a situaciones altamente estresantes de las que han salido, pero no indemnes. Todos han sido protagonistas principales o secundarios  de acontecimientos dolorosos mediante los que hemos reflexionado, nos hemos emocionado, sufrido, empatizado, enfadado, sonreído, discrepado..., a los que hemos vistos equivocarse, adaptarse, sobrevivir, madurar. En definitiva, personajes vivos, reales, de los que se quedan dentro de nosotros y que con el tiempo siempre recordamos. Así espero que se recuerde a Mercedes Lozano. Son bastantes lectores los que claman porque la psicóloga siga contándonos sus cuitas pero Mercedes ha cubierto con creces las expectativas para las que fue creada y ha cubierto su cupo de «maldad». 

Yo he cumplido mi parte, ahora sois vosotros, los lectores, los que tenéis que hacer el resto. De vosotros depende el éxito o el fracaso de esta trilogía, vosotros sois los dueños de la varita mágica con la que tocar o no estas novelas, sois los auténticos amos del futuro de esta serie protagonizada por la psicóloga Mercedes Lozano. Confío que al igual que ocurrió con Bajos los tilos, el boca a boca o el boca-oreja, como queráis llamarle, la lleve muy lejos, hasta los más recónditos confines de la tierra. 

Han pasado ocho años, casi el mismo tiempo que tengo abierto este blog, cuya única misión era dar a conocer La caricia de Tánatos, la primera novela de trilogía, y que ha terminado por convertirse en mucho más. Por eso, a pesar de que pase el tiempo sin escribir aquí, vuelvo, regreso a mi origen porque desde el pasado, desde lo que fui es como se puede entender el presente, lo que soy y, sobre todo, aventurar un futuro en el que poder situarme. Futuro en el que sin duda la escritura estará presente. La carpeta de proyectos está llena, solo espero que llegue ese día en que la abriré.

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